Sol de primavera

ojos-rojos-slema

Caminando desprevenido sin ninguna expectativa más que tener una cita con el destino, cualquiera que este fuera. Un hombre encadena sus pasos como certezas al lado de un camino lleno de personas, que a lo mejor como el, también estaban secuestradas por sus mentes.

“Es Azul”, pensó. El océano más azul que había visto hasta ahora, profundo como los pensamientos que atrapaban su imaginación. Azul como su color favorito, como él imaginaba que se vería su alma si tuviera una forma, fluido pero certero con las corrientes de viento que se dibujan en la superficie.

Ahí va otra vez su alma, abriéndose como un libro nuevo que parece no haber leído nadie, como un tesoro que lo intriga y lo emociona porque aunque le pertenece, no lo conoce. Otro color surge de la mezcla entre su introspección y su cuerpo: Amarillo, ese color que siempre lo ha acompañado y que siempre ha ignorado porque no le gusta; como sentir a alguien que camina con prisa detrás de él y lo saca de sus fantasías mentales. “Este lugar es amarillo, pero no es cálido”, una queja al viento que lo está acariciando y a la vez recordandole que no nació para estar solo.

Toda su atención y su energía están ahí, adentro, no hay nada que pueda impedirle saborear este momento de pausa de la vida “real”. Camina como un hombre que no vive en el mundo, porque ahora el mundo vive dentro de él.

Un rayo de luz se cuela entre sus lentes y lo golpea directo en los ojos, un sol de comienzos de verano que cae al mar al final de la tarde filtrado por una distante y ligera capa de nubes, perfecto para una postal.

Es imposible dejarlo pasar, no contemplarlo, habría que ser ciego o estupido para hacerlo. De todas formas, no era imposible evitarlo solo por su belleza, sino porque es inevitable que la naturaleza siga su curso cuando dos fuerzas tan poderosas como esas se encuentran: Una mirada y el sol que desnuda lo que hay dentro del que lo está mirando.

“¡Rojo!” Murmuró en el momento en el que se recostó en el borde. Quién se detuviera a mirar esa escena podría preguntarse quién estaba mirando a quién; si el hombre al sol o el sol al hombre, porque ese atardecer parecía exclusivamente para él.

Cientos de pensamientos emergieron de la luz, pero miles de sentimientos y sensaciones brotaron desde la oscuridad. La mente de este hombre ahora estaba secuestrada por una bola de fuego que lo miraba de vuelta contemplando su sonrisa.

Acaso se había detenido el tiempo para él? El latido de su corazón indicaba que no, siendo el único elemento que lo mantuviera atado a la realidad del presente. ¿Qué tenía de especial ese color que lo hacía sonreír de esa manera?

Esos rayos de sol tocaban las cuerdas del alma como se toca a una guitarra que vive ahogada en la nostalgia. Cada nota era un llamado de algo más profundo que los conectó irreparablemente, porque una vez en marcha, la colisión de dos mundos los cambiará para siempre.

Una gran nube emuló un parpadeo en ese gran ojo que observaba el caminante, el mismo ojo que había visto antes en su cabeza pero jamás en la vida real. Ahí fue cuando descubrió que el fuego que habita en ese ser, es tan poderoso que quema todo lo que toque, excepto a quien lo crea, porque para ella este fuego significa volver a la vida y el caminante sabe que el fuego no puede quemar al fuego por lo cual no tenía miedo de acercarse un poco más.

Entonces, ¿si el tiempo no se había detenido a dónde se fue? Se escapó como arena entre los dedos mientras este hombre contemplaba cómo explotaban los colores que juntos recreaban el color blanco.

Ahí estaba él, admirando la belleza en el caos, “destrucción” y turbulencia dirían aquellos que miran la vida sin curiosidad. Una fuerza tan poderosa que es invencible desde que decidió volver a brillar. 

En la medida que todas estas figuras se presentaban ante él sin poder hacer nada para impedirlo y sin querer evitarlo, sintió como una ráfaga de viento cálido lo abrazó y ahuyentó las pocas nubes que impedían sentir los rayos de luz con la intensidad que realmente brillaban y golpeaban la imaginación de Sebastián.

Su corazón empezó a latir de una forma extraña y excitante porque ese abrazo le permitió ver de cerca la mirada del sol; Una mirada dulce, capaz de penetrar cualquier cosa mientras juzga para sí lo que observa. Unos ojos rojos en los que él se podía ver reflejado como hacía mucho tiempo no había podido, cuando se buscaba en el reflejo del agua, por eso su corazón parecía que se fuera a explotar. 

Cómo puede una mirada enseñar tanto, cómo puede desnudarle el alma a ese desprevenido caminante y penetrar tan hondo, diciéndolo todo sin pronunciar una sola palabra. 

Sebastián parecía indefenso, aunque no necesitaba defenderse, de todas formas ya no tenía el escudo que cargó por años, pero fue valiente y se atrevió a preguntarle con una sonrisa muy sutil a esta mujer que lo miraba de vuelta: “¿Qué crees que proyectas?”.

Y todo ese poder que habita dentro de ella, esa fuerza con la que se está aferrando a la vida y con la que quiere existir para ella misma, se transformó en un torrente de sangre que le pintó el rostro de sonrojo y le regaló una sonrisa que él jamás va a olvidar, porque sus ojos son los que sonríen, no su boca.

La noche al fin llegó para recordarle a todos que el tiempo no se detiene, aunque en nuestra mente deje de existir. Sebastián supo que lo que acababa de vivir era una recompensa y una muestra de que vale la pena vivir, porque de otra manera cómo podría uno conectarse con la belleza, la creatividad y la curiosidad que habitan en otros caminantes que se parecen al sol, al cielo o al océano.

Fin.