Pausa en las murallas del Sur

El camino me había llevado a un paisaje muy especial, donde me sentía bienvenido y completo. Estaba tan entretenido con la calidez que encontré en este lugar, a pesar de su aspecto que en ocasiones podría parecer lúgubre, sobre todo a lo lejos.

Terminé en un lugar difícil de describir, una fortaleza que no tenía una forma concreta, sino muchas, texturas variadas y cientos de colores que estaban matizados por la sombra de un reflejo. 

Creo que no somos muchos los que podrían haber alcanzado a ver con este nivel de detalle, que las barreras que se erigían al frente no eran para proteger del mundo exterior a quien allí vivía.

Aunque esa fue la intención con la que se construyeron, poco a poco con el pasar del tiempo, las caricias de polvo que trae el viento, una que otra lagrima y otros factores derivados de la interacción con otros seres humanos, esas barreras se transformaron en una prisión.

Esta no era una jaula convencional, de hecho, creo que no era una jaula, o eso pensé cuando me detuve del todo y la vi a ella, mirándome fijamente.

Quien quería estar protegida y a resguardo había sacrificado su libertad, sin darse cuenta porque ¿quién no desea ser libre?

No sé por qué a mí me dejaron llegar hasta allá, sin escolta, sin guía. Por qué la inquilina y arquitecta de ese lugar me dejo mirarla directo a los ojos, pero no a los ojos con los que se presenta sino sus verdaderos ojos, abriéndome otras puertas que me ayudaran a entender qué siente.

Jamás había visto cómo los ojos de una persona revelaban dos jaulas de cristal que atraparon la llama de un alma que desea ser libre e irónicamente, la única persona que tenía la llave para abrir esas puertas era la misma persona cautiva.

Una escena agridulce, preciosa pero absurda. Tan hermosa pero incomprensible para aquellos que superamos esos miedos que también nos hicieron presos en diferentes momentos del camino.

Qué impotencia no poder romper esos cristales para liberar esa llama que reclama su propia libertad e invitarla a surgir por fuera de sí. Quién quita que fue por ello que me permitieron llegar hasta ese punto tan profundo y privilegiado, para que mis propios ojos le mostraran el camino a esta alma encapsulada en sí misma.

Sin embargo, no me corresponde hacer más que observar porque tengo un camino que seguir hacia la salida de mis propias murallas. Espero que esa alma algún día pueda acompañarme a ver otros atardeceres, pero hoy debo seguir avanzando y persiguiendo esas pocas luces que interrumpen la oscuridad del firmamento de la noche.

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